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DAME DE COEUR – Manuel Gutiérrez Nájera

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(La joven desposada que nunca volverá)

Allá, bajo los altos árboles del Panteón Francés, duerme la pobrecita de cabellos rubios, a quien yo quise durante una semana… ¡todo un siglo!… y se casó con otro. Muchas veces, cuando, cansado y aburrido del bullicio, escojo para mis paseos vespertinos las calles pintorescas del Panteón, encuentro la delicada urna de mármol en que reposa la que nunca volverá. Ayer me sorprendió la noche en esos sitios. Comenzaba a llover y un aire helado movía las flores del camposanto. Buscando a toda prisa la salida, di con la tumba de la muertecita. Detúveme un instante, y al mirar las losas humedecidas por la lluvia, dije, con profundísima tristeza:

–¡Pobrecita! ¡Qué frío tendrá en el mármol de su lecho!

Rosa-Thé era, en efecto, tan friolenta como una criolla de La Habana. ¡Cuántas veces me apresuré a echar sobre sus hombros blancos y desnudos, a la salida de algún baile, la capota de pieles! ¡Cuántas veces la vi en un rincón del canapé, escondiendo los brazos, entumida, bajo los pliegues de un abrigo de lana! ¡Y ahora, allí está, bajo la lápida de mármol que la lluvia moja sin cesar! ¡Pobrecita!

Cuando Rosa-Thé se casó, creyeron sus padres que iba a ser muy dichosa. Yo nunca lo creí, pero reservaba mis opiniones, temeroso de que lo achacaran al despecho. La verdad es que cuando Rosa-Thé se casó, yo había dejado de quererla, por lo menos con la viveza de los primeros días. Sin embargo, nunca nos hace mucha gracia el casamiento de una antigua novia. Es como si nos sacaran una muela. Sobre todo, lo que aumentaba mi disgusto era el convencimiento profundo de que iba a ser desgraciada. Me ponía como furia al escuchar las profecías risueñas de su familia. ¡Cómo! ¿Qué iba a ser Pedro un buen marido? Pero ¿no saben estas gentes –decía yo para mí– que Pedro juega?

Atribuyen a la funesta ociosidad tan serio vicio; creen que una vez casado va a enmendarse… pero los jugadores no se enmiendan. Y –en descargo de mi conciencia, lo diré– yo habría visto, si no con alegría, con resignación a lo menos, el casamiento de Rosa-Thé con un buen chico. Pero lo contrario de un pozo es una torre; lo contrario de un puente, un acueducto; lo contrario de un buen marido, eso era Pedro. No porque le faltasen prendas personales, ni salud, ni dinero, ni cariño a la pobre Rosa-Thé, pero sí porque aquel pícaro vicio había de seguirlo eternamente, como un acreedor a quien nunca acaba de pagársele.

Rosa-Thé no sabía que Pedro jugaba. En los primeros meses de matrimonio, fue, con efecto, lo más sumiso y obsequioso que puede apetecerse para la vida quieta del hogar. Pero, ¡ay!, a poco tiempo, la pícara costumbre le arrastró al tapete verde. Comenzaron entonces los pretextos para pasar las noches fuera de la casa, la acritud de carácter, los ahogos y las súbitas desapariciones del dinero. Cierta vez, Rosa se preparaba para asistir a un baile. Pedro estaba ya de frac, esperando en el gabinete a su señora. Mas como estaba embebida aún en su toilette, tardóse todavía muy largo rato, Pedro entornó la puerta del tocador y dijo a Rosa: –Mira, mientras acabas de peinarte, voy a fumar al aire libre. Dentro de media hora volveré. Eran las nueve y media.

En punto de las diez Rosa estaba dispuesta para el baile. Sentóse en un silloncito y esperó. Sonó el cuarto, la media, los tres cuartos, y Pedro no volvía. Entonces comenzó a entrar en cuidado. ¿Qué le habría sucedido? A cada instante se asomaba al balcón, estrujando los guantes y el pañuelo. ¿Le habría atropellado un coche? ¡Anda tan embobado! –decía Rosa. ¿Habrá tenido riña con alguno? ¡Nadie está libre de enemigos! Sobre todo, ¡hay tantos malhechores en la calle! Y adelantando los sucesos con la impaciente imaginación, se figuraba ver entrar a su marido en angarillas con una pierna rota o muerto acaso. Y cada vez era más aguda su congoja, tanto que, al dar las once, mandó a un mozo a que fuera buscarle por las calles, y luego a otro, en seguida a tres, hasta que el camarista y el lacayo, el cochero, el portero y cuantos hombres había en la servidumbre, se emplearon en buscarle por calles y cafés sin dejar punto de reunión por registrar ni detuvieron un instante sus pesquisas.

Llegaban los sirvientes fatigados y sin noticia alguna de su amo; salían después con nuevas órdenes y siempre regresaban lo mismo que se iban. Por fin, pasada ya la medianoche, Rosa ordenó que se pusiera el coche. Iba a buscar a Pedro. A todo escape, los caballos partieron del zaguán. Llamó Rosa a la puerta de muchas casas; apeábase el lacayo presuroso, y después de conferenciar con los porteros, subía luego al pescante, y el carruaje se lanzaba de nuevo por las calles con la mayor velocidad posible. A cosa de la una, pasó Rosa por una calle y vio abiertos e iluminados los balcones de una casa. Aquello debía ser un club o cosa así. ¿Estaría Pedro en ese lugar? Paróse el coche, y el lacayo, sin necesidad de llamar, porque estaba entornada la puerta, entró al patio; subió las escaleras y, a poco rato, volvió a bajarlas más aprisa todavía. Llegó a la portezuela del carruaje, por la que asomaba el semblante lívido de Rosa, y dijo, con la satisfacción del que trae una noticia largamente esperada: –El amo está arriba: está jugando… Dice que no puede venir… que irá luego a la casa.

Y, efectivamente, a las seis de la mañana, Pedro se presentó en las habitaciones de la señora. La infeliz había pasado la noche en claro, sentada allí en aquel sillón, viendo, con la mirada fija de una loca, las manecillas del reloj que giraban alrededor de la carátula, vestida aún con su traje de baile, con flores en el cabello y en el pecho. Cada vez que sonaban pasos en la calle, Rosa-Thé se asomaba al balcón. Pero eran los pasos del gendarme o de algún ebrio que volvía tambaleando a su casa. Y las estrellas fueron brillando menos y los gallos cantando más. De rato en rato, Rosa escuchaba el ruido de un carruaje: era el de alguna de sus amigas que volvía del baile. Poco a poco, la luz, primero tímida y blanquizca, se fue diseminando en todo el cielo.

Pasó una diligencia por la esquina y se oyeron las campanas de La Profesa llamando a misa. Rosa no quiso entonces permanecer más tiempo en el balcón. ¿Qué dirían los que la vieran? Además, sus dientes chocaban unos con otros, y un desagradable escalofrío culebreaba en su cuerpo. Rosa, tan débil, tan cobarde y tan friolenta, había pasado una buena parte de la madrugada en el balcón, y lo que es peor, en traje de baile, con los hombros y la garganta descubiertos.

Tan poseída de dolor estaba que no observó la ligereza de su traje. Sólo cuando la luz, entrando brusca por las puertas emparejadas del balcón, fue a retratarla en el espejo del armario, Rosa se vio ataviada para la fiesta y cubierta de flores, como una virgen a quien llevan a enterrar. Entonces, acurrucada en el sillón y cubiertos los hombros por un tápalo, soltó a llorar. ¡Había pensado en divertirse tanto en aquel baile! Porque Rosa era, al fin y al cabo, una chiquilla. ¡Se había puesto tan linda, no para cautivar a los demás, sino para que Pedro la llevase con orgullo! Y en lugar de la fiesta, las congojas, la angustia, y luego… luego la certidumbre horrible de que su esposo, sin tener piedad de sus dolores, la dejaba a las puertas de una casa de juego, donde probablemente se arruinaba. Rosa lloraba como una niña, y poco a poco iba arrancando de sus cabellos aquellas flores que tan primorosamente la adornaban. Y así pasó todavía una hora, oyendo el ruido de las escobas y las conversaciones de los barrenderos que barrían la calle.

Por fin, conoció los pasos de Pedro. ¡Sí, era él! Secó sus lágrimas precipitadamente, tuvo vergüenza de haber llorado, la cólera venció en su ánimo al dolor y se dispuso a reñir, a desahogarse, a increpar con justicia a su marido. Pero… ¡en vano! La vista de Pedro la desarmó; venía lívido, derrengado, con los ojos de un hombre que ha perdido la razón, deshecho el lazo de la corbata blanca y erizado el pelo del sombrero. Apenas pudo hablar. –Tienes razón… soy un miserable… He perdido todo… tus coches, tus alhajas… mis caballos… ¡Nada tenemos! ¡Te he arruinado! ¡Te he arruinado! ¡Soy un canalla!

La cólera de Rosa-Thé se disipó como las sombras cuando viene el alba. Ante aquella desgracia inmensa, quiso recuperar su sangre fría. ¡Era tan buena! Una ternura inmensa reemplazó las frases duras con que se proponía recibir a su marido. Y abrazando su cuello, acercando la cabeza descompuesta de Pedro a su seno, le atrajo a sí y lloraron juntos largo rato, mientras la luz, indiferente a todo, saltaba alborozada y se veía en los espejos, en los muebles y vidrieras.

Rosa aceptó la pobreza con mucho valor. Tuvieron que buscar una casa humilde, quitar el coche, despedir a casi todos los criados, reemplazar el raso de los muebles con cretona e indiana 4; vivir, en suma, como la familia de un pobre empleado que gana ochenta pesos cada mes. Pero Rosa ponía tal arte en todo, economizaba tanto con su vigilancia y su trabajo, era tan decidora y tan alegre, que Pedro sentía menos el terrible peso de la pobreza. Al principio, Pedro, avergonzado de sí mismo y orgulloso de su mujer, se dedicó con alma y vida a trabajar. Y Rosa estaba más contenta que antes, porque ya no se iba por las noches y porque siempre le veía a su lado. Sin embargo, no fue muy duradera esta ventura. Pedro volvió a juntarse con ciertos amigos que le arrastraron nuevamente al juego. Ya no podía apostar grandes cantidades como antes, pero sí dos, cinco o diez pesos. Primero se excusaba a sí mismo, diciendo en su conciencia: «No hago mal. Ahora que nada tengo, es cuando debo jugar. Es preciso que busque a toda costa el medio de sacar a mi mujer de la situación precaria en que vivimos. El juego me debe toda mi fortuna. Voy por ella.» Y comenzó de nuevo a fingir ocupaciones perentorias, y a pasar buena parte de las noches fuera de su casa. No tardó Rosa en descubrir la verdad. Las exiguas cantidades que ganaba Pedro –y eran antes suficientes para cubrir su reducido presupuesto– no lo fueron después.

Convencida de que aquel vicio era incurable y radical en su marido, cayó en el más profundo abatimiento. ¿A qué luchar? Sin atender a sus consejos ni oír sus súplicas, ni apreciar sus cuidados y trabajos, Pedro la abandonaba por los naipes. Una terrible consunción se fue apoderando de ella. Ya no reía, ya no cantaba, perdió los colores frescos de su cutis, el brillo de sus ojos, la gracia de sus desembarazados movimientos, y se fue adelgazando poco a poco. Al cabo de algunos meses cayó en cama. Los médicos dijeron que no atinaban con la cura de su mal; y con efecto, el único capaz de aliviarla era el marido. Éste, instintivamente comprendiendo que era la causa de la enfermedad, se enmendó en esos días, y buscando dinero a premio, pidiendo prestado a sus amigos, se allegó los recursos necesarios para atender a la enfermita. Le llevaba los mejores médicos y compraba todas las medicinas por caras que fuesen. Un doctor dio en el clavo, al parecer (ahorro a mis lectores la descripción minuciosa de la enfermedad), y dijo: –Esto se cura nada más con tales y cuales medicinas.

Las compró Pedro y, con efecto, Rosa-Thé se mejoraba visiblemente. ¿Por qué empeoró después? He aquí lo que ni Pedro ni el doctor se explicaban. Las medicinas eran infalibles y habían surtido al principio un efecto maravilloso. ¿De qué provenía, pues, la recaída? Sólo yo lo sé, y voy a contarlo. Rosita me lo dijo la noche en que murió, mientras yo la velaba, porque habíamos vuelto a ser buenos amigos.

–No quiero aliviarme –me decía–. Tú sabes todo, las tristezas y las angustias que he pasado, la invencible fuerza de ese vicio que detesto y que domina a Pedro, mi amor a éste y mi despego de la vida. ¡Estoy tan contenta así, enfermita! Pedro no juega, pasa los días a la cabecera de mi cama, y cuando estoy mala y cierro los ojos, fingiendo que duermo, oigo que solloza y siento la humedad de sus lágrimas en mi mano. Ahora me quiere, ahora no me abandona, ahora me cuida con las tiernas solicitudes de una madre. Si me alivio, volverá a escaparse, volverá a buscar, lejos de mí, las emociones del juego. Ya no le tendré a mi lado ni sentiré sus labios en mi frente. Se irá, como se ha ido tantas veces, dejándome muy triste y solitaria. Si me muero, tal vez el recuerdo de la pobre víctima le aparte del camino por que va. No, no quiero aliviarme. Quiero estar enfermita mucho tiempo. Por eso, cuando me trae la medicina, recurro a algún pretexto para quedarme sola, y derramo el elixir en el suelo…

Allá, bajo los altos árboles del Panteón Francés, duerme la pobrecita de cabellos rubios a quien yo quise durante una semana… ¡todo un siglo!… y se casó con otro.

 

 

México (1859-1895)

 

Fuente: Ciudad Seva
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